Durante años, en muchos sectores, se ha mantenido una idea equivocada: que cuanto más complejo es un software, más profesional debe ser. Pantallas llenas de botones, funciones ocultas que casi nadie usa y manuales eternos parecían señales de que una herramienta era “completa”. Pero esta mentalidad no tiene cabida en el mundo del transporte terrestre.
Aquí la realidad es otra: la operación es dinámica, intensa, llena de imprevistos. Y si una herramienta digital te obliga a frenar, a buscar contraseñas o a hacer un curso antes de usarla, deja de ser solución para convertirse en estorbo.